Archivo de mayo de 2010
Amigo mío, ¿qué hice mal?
Amigo. Necesito contarte mi vida, por favor solo escúchame…
¿Que paso?, ¿ni yo lo entiendo, tuve todo en mi vida para ser un hombre muy viril, pero me desvié sin desearlo. Soy el segundo hijo de una familia de clase media; seis hermanos un varón, luego yo, me siguen mis dos hermanas y por ultimo 2 hermanitos. A mi hermano le encantaba jugar a la guerra, y yo lo seguía, aunque en realidad hubiera preferido jugar a las muñecas con mis hermanas.
Por ahí del cuarto grado de primaria (más o menos a mis 10 años) me platicaron los compañeros sobre la masturbación y probé, también me platicaban del placer que se siente al hacerlo pensando en una de nuestras compañeritas u otra niña, y así lo hice, pero empecé a notar que mas que pensar en las niñas daba mas énfasis en la ropa que traían a mi me gustaba pensar más en su ropa que en su cuerpo; luego no se como llego a mi la fantasía de que yo era el balet de una niña, a la cual tenia que ayudarle a ponerse su pantaletita, sus calcetas y claro su vestido o falda; hasta que un día sentí la necesidad de soñarme niña y por tanto era yo la que se ponía lindos vestidos y las calcetas de corazoncitos y florecitas, por lo regular después que eyaculaba me asustaba y me regañaba pues eso estaba mal.. Cierto día me metí a bañar y encontré la ropa sucia de mis hermanas, no me aguante las ganas de probármela, en el momento la sensación fue fabulosa sentir ese lindo vestido sobre mi cuerpo, me masturbé en ese momento; aunque luego me reproche por lo que había hecho, mas al otro día se me presento la misma oportunidad y no la desperdicie, y esto llego a hacerse rutina.
El Secreto de Luisa
En todo grupo de amigos siempre hay alguno que tiene una madre espectacular, en mi grupo era la madre Pedro, Luisa.
Desde muy pequeños todos íbamos siempre como locos a espiar a la madre de Pedro haciendo las tareas de la casa y otras cosas igual de inocentes pero que para nosotros era el morbo máximo. Pedro al principio se molestaba pero con el tiempo el mismo no empezó a llamar para espiar a su madre, incluso juraría que él mismo se masturbó en más de una ocasión pensando en ella.
Los años pasaron y aquellos días se convirtieron en un recuerdo del pasado. Yo había cumplido veinte años y hacía un par de años que no veía ni a Pedro ni a su madre. Un día como otro cualquiera me encontré a Pedro y quedamos en vernos para tomar algo.
Nace Agustina
Hace un año ya nos conocíamos por chat, el era muy tierno y dulce, aunque no por eso poco masculino, mucho tiempo planeamos nuestro encuentro, ya que nos amábamos y el amor a distancia es muy difícil, me moría por tenerlo conmigo, abrazarlo, besarlo, mimarlo, hacerlo sentir tan bien!
La verdad yo nunca había estado con otro hombre, y me ponía un poco nervioso pensar en eso, pero lentamente en el chat fuimos tomando confianza, nos mandamos fotos, jugamos por cámara web y micrófono, eso ayudo bastante a desinhibirnos. Con él aprendí que me gustan los hombres, y que por dentro soy una nenita sumisa, que busca complacer a su macho.
Como vivía con mis padres se me hacía difícil tener ropita de mujer, y ni hablar juguetitos, tengo un hermano y una hermana, ambos mayores que yo, a veces le robaba la ropa interior a mi hermana para ponérmela, ¡Increíble cómo me excitaba! Ver esa ropa interior tan pequeña y delicada, e imaginarme si no tuviera mi verga esa minúscula ropa interior podría cubrir sin problemas todo mi sexo. Imaginaba como debía sentir mi hermana al usarla, y al hacer el amor, a decir verdad siempre envidie a mi hermana, quería ser como ella, usar ropa de mujer, arreglarme, tener novios, seducir hombres, arreglarme el cabello, maquillarme, en fin, muchas veces desee ser yo la mujer y ella el varón, pero no se crean me siento mal por lo que soy, me gusta mi verga, y me gusta ser como soy, me gusta vestirme de mujer y complacer a mi macho.
Los novios
En un relato anterior aparece un personaje que en este relato pasa a ser la protagonista. Hablo de Esther, una doctora endocrino que trata a una paciente en su feminización administrándole hormonas. Pues bien, Esther tenía 26 años y acababa de terminar la carrera. Trabajaba en un hospital y vivía con su novio Mario con el que tenía intención de casarse. Mario era un chico que también estudió medicina y trabajaba en el mismo hospital que Esther. Esther era una chica un poco distinta a las demás, se la notaba muy macho, Mario le notaba que de vez en cuando seguía con la mirada a alguna chica guapa que se cruzaba delante de ellos y al igual que él la notaba que las miraba con deseo. Los dos estaban enamoradísimos y Esther no paraba de decirle que era la persona de su vida y que iban a acabar casándose. Mario la notaba cada vez más masculina, se fijaba en sus gestos y en su forma de ser e incluso tenía momentos de agresividad típicos de un varón. Mario se lo decía y ella le respondía que estuviese tranquilo que lo quería mucho y que se casaría con él. La verdad es que tampoco es muy típico de una mujer hablar así de boda, se supone que tiene que ser el hombre el que pide matrimonio a la mujer pero Mario la dejaba pasar. Mario la notaba cada vez más agresiva.
Ronda de noche
Selena caminaba por el oscuro pasillo destilando ese aura de seguridad y control que le caracterizaba, embutida en el azul uniforme que disimulaba sin ocultar su escultural anatomía color caoba. Con la porra colgando del cinturón y la linterna en la mano realizaba su habitual ronda nocturna por las silenciosas dependencias del instituto cuando algo le hizo detenerse. Tensó sus músculos y agudizó sus sentidos. ¡Ahí estaba de nuevo! Un ruido extraño. Avanzó enarbolando la linterna y enfocando sus oscuros ojos en el halo de luz.
Le localizó junto a las taquillas de los alumnos. El cabrón había forzado varias de ellas y ahora se divertía pintando grafitis. En cuanto intuyó que alguien se acercaba salió disparado en dirección contraria.
-¡Eh tú! ¡Alto ahí!
El chico era rápido, pero Selena se hallaba en plena forma. No en vano entrenaba su cuerpo a diario. Le persiguió por medio edificio hasta lograr atraparle en la zona deportiva. El chico intentó resistirse pero una par de golpes certeros le dejaron impotente en el suelo. Físicamente no era rival para ella. Le quitó la gorra de un manotazo.
-¡Debí imaginarlo! El macarrilla del instituto. Te llaman… el “Charly”, ¿verdad?
-¡Vete a la mierda, zorra!
Le cruzó la cara de un revés.
