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Archivo de febrero de 2010
Las historias de Reyes (01: El comienzo)
Mi nombre es Reyes S. F., sin verme no sabrían si soy hombre o mujer, es natural pues tengo uno de esos nombres raros que tanto valen para mujeres como para hombres. Y naturalmente tengo muchas anécdotas de esta ambigüedad.
Pero aunque me vieran, tampoco podrían saberlo, pues aunque nací y me conservo varón, desde hace mucho tiempo me gusta vestirme de mujer y además poseo un físico tan ambiguo como mi nombre.
Todo empezó en el edificio donde viví con mis padres, ellos se llevaban muy bien con los padres de mi amiga Marga, con la que iba al colegio desde siempre, y con la que pasaba mucho tiempo jugando. Un día, tendría 9 ó 10 añitos, estábamos jugando en su cuarto y me propuso vestirme con su ropa, yo acepté y allí que me puso un vestidito y unos zapatos suyos, me peinó y. al mirarnos en el espejo, éramos dos niñas encantadoras.
Ni cortas ni perezosas, nos fuimos a la calle a jugar, y estuvimos largo rato en el parque con los columpios y jugando como dos niñas. Al volver me esperaba mi madre para recogerme y ella y la madre de Marga se rieron mucho de la chiquillada, aunque luego en casa me echo una pequeña bronca, a raíz de la cual, tomé precauciones para que no me viera pero seguí vistiéndome en casa de Marga, y saliendo a escondidas.
Mi profesor
Con 19 años recién cumplidos mis padres me enviaron a estudiar fuera de mi ciudad, a una de las mejores universidades que pudieron pagar. Me alquilaron un piso para evitar las distracciones que conlleva compartir piso y comenzó mi vida de estudiante.
Nunca me consideré homosexual, pero mi timidez y el considerarme escaso de atractivo me hacían ser un chico retraído y temeroso que con 19 años ni siquiera había besado a una mujer.
En la universidad no me fue mucho mejor. Recluido en mis estudios que si bien no me entusiasmaban, tampoco me molestaban. Simplemente me dedicaba a ser el mismo chico obediente de siempre. Y mi timidez me complicaba el hacer amigos nuevos. Tan sólo me saludaba con las dos chicas que compartían asiento conmigo y poco más.
Entre mis clases, destacaba la que impartía un profesor joven, de unos 30 años, guapo y con buen tipo, con una cabellera rubia recogida en una cola de caballo. Las chicas por sus risas y tonteos parecían estar bastante interesadas en él. Y la verdad es que era muy simpático y muy distinto al reto de profesores.
Mi primer novio
Como ya había contando, a pesar de los inmensos deseos que me embargaban, apenas comencé a vestirme recién cuando cumplí once años. Recuerdo que estando sola en casa, por primera vez en mi vida tomé del closet de una tía un sostén blanco de encajes y unas pantaletas del mismo color que me puse con mucha dificultad, simplemente, porque no sabía ni cómo ajustar los tirantes (breteles) así como tampoco abrochar el sostén, mientras que me costó mucho ajustar mi pene entre las piernas. No obstante, que este siempre ha sido muy pequeño y que mis erecciones (cuando las tenía) eran muy cortas, ese día estaba no sé si excitada o nerviosa por mi debut.
Poco a poco comencé a superar los obstáculos derivados de mi novatería y fui agregando otras prendas, primero, íntimas como medias, ligueros y fondo (enagua), luego incorporé vestidos, faldas, blusas, algún que otro accesorio como pulseras y zarcillos (aretes o caravanas), hasta que me atreví a maquillarme. Esa experiencia la vivía cada vez que me quedaba sola en la casa, en especial, los jueves de tarde, que lo dejaban libre en el colegio donde asistía. Lo que sí es que en esas tardes sentía una gran seguridad en mi misma, el nerviosismo original iba desapareciendo progresivamente y con él las erecciones que cada vez se iban haciendo más débiles, mientras que las excitaciones comenzaron a manifestarse a través de una especie de cosquilleo focalizado en la zona de mis genitales.


