Cuatrimonio
Me criaron en un entorno muy femenino. Tengo tres hermanas y siete primas, y por casa andaban a menudo dos tías, las dos abuelas y tres bisabuelas. Los pocos hombres de la familia se pasaban el día trabajando y no eran especialmente cariñosos. Mi padre me pegaba a menudo y me exigía que me comportara como un hombre. No es extraño, pues, que yo no tuviera ningún modelo masculino y que en cambio me integrase perfectamente en los juegos de las niñas y en las tareas domésticas.
Como quería ser igual que las demás, y además notaba mucho placer cuando me aplastaba o me rozaba el pene, desde bien pequeño imaginé que el máximo placer sería que te lo cortaran. Incluso inventé una palabra, chichar, que significaba exactamente eso. Sólo de pronunciarla me recorría el cuerpo un escalofrío de placer. Una de las pocas veces que mi padre nos dedicó un poco de su tiempo, nos llevó a jugar a tenis. Cuando salía de la ducha pude verle aquel precioso pollón, colgando entre dos cojones gordísimos y coronado por una graciosa mata de pelo rojizo. La visión me impresionó tanto que no la pude olvidar en toda mi vida.
Ya de adolescente, la recordaba cuando íbamos a la piscina y nos cambiábamos por turnos en el mismo vestuario. Dejaba que mi padre se cambiara primero para poder oler y lamer sus calzoncillos todavía calientes. Su olor me embriagaba y me provocaba una erección brutal, que debía resolver frotándome el pene hasta llegar al placer… entonces me comía mi propio semen, imaginando que era el de papá.
