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Por amor todo es posible

Desde hacía algún tiempo la relación entre Martín y yo no
funcionaba del todo bien. Sentía que nos estábamos alejando, que estábamos
perdiendo el sabor de la sorpresa y lo inesperado, en definitiva de la magia y
el misterio. Eso me daba mucho pesar, éramos pareja desde hace cinco años y yo
realmente lo amo con todo mi corazón y creo no estar equivocado si pienso que
soy correspondido. Martín tiene 25 años, yo, 31, mi nombre es Andrés.

Tal vez por esa diferencia de edad es que soy algo inseguro
con el temor que Martín se vaya con otro más joven que yo. Por cuestiones de
carácter siempre ha sido él quien da las órdenes, su personalidad es más fuerte
y autoritaria, pero eso me tiene sin cuidado, hace todo más fácil para mí,
dedicándome sólo a amarlo.

No puedo evitar darme cuenta que está como ausente, lejano.
Ya no hacemos el amor con la frecuencia e intensidad de antes. El es abogado de
una importante firma y tiene un futuro promisorio. Yo, soy ingeniero comercial y
tampoco puedo quejarme. Cuando decidimos vivir juntos fue porque estábamos
seguros de amarnos y ser capaces de soportar la maledicencia pública. Al
principio tuvimos que sufrir mucho por ello, pero poco a poco, nuestro círculo
nos fue aceptando como somos y no tenemos problemas de ningún tipo en ese
aspecto. Toda esta situación me tenía terriblemente preocupado. Hacía todo lo
posible por hacerlo feliz, lo regaloneaba, cuidaba, le hacía regalitos, pero las
cosas continuaban sin una mejora sustancial. Cada vez más se distanciaban los
tiempos en que hacíamos el amor. Eso, principalmente me tenía muy angustiado.

Era mi primera pareja, mi primer gran amor y esperaba también
que fuera el único. En algún momento llegué a pensar que podía tener a alguien
más, pero pronto regresé a la cordura. Nos habíamos prometido fair play. No
teníamos más compromiso que aquel que nos quisiéramos imponer. No podía
imaginarme haciendo el amor con otra persona que no fuera Martín, lo llevaba
tatuado en mi piel. Me daba toda la pasión que yo necesitaba y más. Supongo que
para él era lo mismo.

Aquí estoy ahora, en nuestro hogar esperando que llegue. He
dispuesto todo para que se sienta cómodo. Desde sus inicios nuestra relación ha
sido así. Debo reconocer que con su carácter fuerte me domina pero entiendo que
en una pareja alguien debe llevar la voz cantante y ése es su rol. Recuerdo
cuando lo conocí. Fue en una discoteca gay. Era un día sábado. Yo acudí con la
expresa intención de poder ligar a algún chico. Me daba envidia ver a las
parejas. Mujeres con mujeres besándose apasionadamente, entregándose el alma
mutuamente. Otras parejas de hombre bailando felices, en un rincón oscuro dos
chicos pegados a la pared besándose como si el mundo se fuera a acabar. Ambos
eran muy guapos. El más alto le acariciaba golosamente el trasero mientras el
otro le acariciaba el sexo por sobre el pantalón. Me acerco a la barra y pido un
Martini. Allí me quedo un rato, mirando, observando. De pronto una mirada se
cruza con la mía, fue tan sóo por una fracción de segundo.

Era un chico muy joven, tal vez un estudiante. Me miró
fijamente y al parecer me observaba desde hace rato como después me lo
confesaría. Había algo que me hacía mirarlo y cada vez que lo hacía podía
comprobar que también hacía lo mismo. Me puse algo nervioso. La sangre se me
subió a la cabeza. El chico era guapo no había nada que hacer. Apuré mi Martini,
lo miré como incitándolo a seguirme y me dirigí al baño. Este era un lugar muy
particular. Los baños no estaban separados por sexo. Eran los mismos para hombre
y mujeres. Dadas las costumbres de los habitúes era lo más práctico.
Generalmente era allí donde se propiciaba el encuentro de las parejas. Tanto
hombres como mujeres se veían orinar si ningún tipo de tapujos y alguno en
situaciones mucho más osadas. Nadie se asustaba o alarmaba. Quien venía a estos
lugares sabía perfectamente con qué se iba a encontrar. Me acerqué a un
lavamanos para refrescarme un poco. A los pocos segundo, reflejao en el espejo
lo vi detrás de mí sonriendo. El corazón me dio un brinco, se acercó y también
se refrescó. Me miró y dijo: -”Hace bastante calor. ¿No te parece?”. – “Sí” – le
dije. –”Bastante”.- Quedó callado un momento y luego dijo: -”¿Estás solo?” –
Asentí con la cabeza. –”Yo también”. – Me ofreció la mano diciendo: -”Soy
Martín”, Le contesté. –”Y yo Andrés”. Después de estrecharnos las manos, salimos
del baño. Le convidé un trago. Era de charla amena y muy agradable. De pronto
comenzó a sonar una melodía muy romántica y sorpresivamente me dice: -”¿Quieres
bailar?” – No podía negarme ya que lo deseaba.

Nos fuimos al medio de la pista, nos abrazamos y comenzamos a
movernos al compás de la música. Sentía que se iba apegando cada vez más a mi
cuerpo. Yo lo dejaba hacer, permitiendo todos y cada uno de sus avances. Ambos
estábamos comenzando a emocionarnos. Nuestros rostros se pegaron para no
separarse más. Sentía sus espaldas fuertes, musculosas. Su respiración en mi
oído me enloquecía. Entonces me animé y le dije: -”Podríamos seguir el baile en
un lugar más tranquilo”.- Me miró y dijo. –”Estoy de acuerdo contigo. Pero…
¿dónde?”. – “En mi departamento” – le respondí. –”Vivo solo y es bastante
central”. –”Entonces no perdamos tiempo” – me dijo. Salimos rápidamente. Nos
fuimos en mi carro y en menos de veinte minutos ya estábamos en la intimidad de
mi hogar. Puse música. Se acercó y algo pasó que nos enloquecimos al mismo
tiempo. Nos besábamos como desesperados. Comenzamos a quitarnos la ropa hasta
quedar sólo en boxer. Martín me llevó contra la pared, de frente a ella. Sentí
su sexo potente rozar en mi trasero. Comenzó a besar mi cuello por detrás
mientras su mano tomaba mi sexo y comenzaba a masturbarme. ¡Qué delicia, Dios
mío! Yo hice mi brazo hacia atrás y tomé su píja. No la veía, pero por el tacto
se notaba de muy buen tamaño. Nos fuimos a la cama y terminamos de desnudarnos.
Nos abrazamos, era maravilloso sentir nuestros cuerpos desnudos. Nois
acariciábamos con verdadero deseo y seguíamos besándonos sin parar.

Luego nos ubicamos para hacer un 69. ¡Fue inolvidable! Lo
hicimos tratando de demorarnos lo más posible. Estuvimos mamándonos casi una
hora, hasta que decidimos venirnos al mismo tiempo. Nos abrazamos tiernamente
después de nuestros orgasmos muy juntos y jugando con nuestras lenguas. Después
de un rato, Martín mirándome a los ojos me dijo: -”¿Sabes? Me muero de ganas por
penetrarte”. No podía haberme dicho algo más agradable. Con mi rodilla comencé a
coquetear con su pija. Estaba durísima. Remedándolo le contesté: -”¿Sabes? Me
muero de ganas porque me penetres”. Nos reímos. El me preguntó: -”¿Tienes alguna
pose favorita?” – “Sí” – le contesté. –”¿Se puede saber cuál es?” –”Me encanta
con las piernas sobre el hombro de mi pareja” –Sonrió. –”Por lo visto te gustan
las penetraciones profunda…” –Le contrapregunté: -”Y a ti…¿cuál te gusta?”.
–Me encanta estar boca a bajo con la colita parada, para que la pareja me cubra
completo…” Dejamos de hablar. Me acomodé, ubicó mis piernas sobre sus hombros
y me preparé para recibirlo. Su miembro era de buen tamaño, me agradaba. Su
glande era delgado y el cuerpo de su pene iba engrosándose hacia atrás, lo cual
facilitaba enormemente la penetración. Me relajé para recibirlo, sentí que
estaba entrando en mí. Cerré mis ojos para concentrarme más en ese dulce
momento. Mi respiración se entrecortaba y exhalaba suspiros de placer.
–”Siiiiiiiiiiii, así mi amor. ¡Mmmmmmmmm! ¡Qué rico que me lo metes, cielito!
Ayyyyyyyy, me matas de placer. Asi, así, asiiiiiiiiiiiiiii.” Maretín se movía
como un verdadero dios. Tenía un movimiento de cintura y caderas que era coma
para enloquecer. Mientras me cogía yo me masturbaba.

Cuando sentí que se venía, lo hice junto con él y nuestros
gritos de placer se unieron en un solo clamor. Fue una enculada de miedo. Nos
mirábamos satisfechos con la respiración aún entrecortada. Nos quedamos
dormidos, pero en la mañana al despertar fue mi turno y probé su exquisita cola
de la manera como a él le gustaba. Después nos fuimos a la ducha juntos y
jugamos como dos adolescentes. Martín debía irse, pero antes intercambiamos
teléfonos. Durante seis meses nos veíamos casi todos los fines de semana, hasta
que el terminó sus estudios de abogacía. Esos encuentros casi furtivos los
aprovechábamos al máximo. Cuando se graduó le regalé un lápiz carísimo con su
nombre grabado y le preparé una exquisita cena. Después de la cena a la luz de
las velas me contó la buena noticia: tenía una oferta de trabajo muy ventajosa
que le permitiría independizarse económicamente y no ser una carga para nadie.
Me propuso que nos formalizáramos y nos hiciéramos una pareja estable, mientras
me tomaba la mano fuertemente, ansioso por saber mi respuesta. Y esa fue la
manera de cómo unimos nuestras vidas. Hemos pasado juntos momentos maravillosos
y de verdadera felicidad. Pero como les decía anteriormente, no sé lo que está
sucediendo ahora.. Cuando le toco el tema lo rechaza y dice que todo está bien,
pero sé que no es así. Yo lo amo y lo deseo con toda mi alma.

Un día me encontré con un amigo que también es gay y tiene su
pareja estable. Nos fuimos a tomar un trago y conversar un poco sobre nuestras
cosas. Le conté mi problema. Me confidenció que hace algunos años atrás le había
sucedido algo similar con su pareja, y que por suerte pudo solucinarlo. Curioso
le pedí que me contara su experiencia. –”Pues, sencillamente le agregué un poco
de pimienta a nuestra relación” – me dijo sonriendo. –”Como estaba tan
indiferente en la cama tenía que idear alguna forma para encenderle la mecha de
la pasión”. –”Pero… pero… ¿qué hiciste?” – le pregunté curioso. El siguió:
-”Fui a una tienda de lencería, me compré una tanga preciosa, un liguero y un
par de medias negras de seda. En la noche cuando mi troglodita se acostó, me fui
al baño, me puse mis cositas y una bata encima. El estaba leyendo. Me fui a su
lado y de golpe abrí la bata. ¡Lo hubieras visto! ¡Casi se le caen los ojos! De
más está decirte el resultado, prácticamente no me cogió, sino que me violó. Así
que de ahí en adelante lo mantenemos como algo de nuestra intimidad.

De vez en cuando lo sorprendo con algunos modelitos nuevos o
él mismo se encarga de comprarlos cuando ve algo que le gusta”. Yo estaba algo
confundido con esa solución. –”Sí, entiendo” – le dije. –”Pero… ¡ponerme ropa
de mujer!” -”Víctor” – le dije: “asumo que soy gay, pero… lo que me
propones… no sé! – El sonrió y me contestó: -”¿Acaso eso puede agravar nuestra
condición?” y siguió: -”Dime una cosa, Andrés. En la relación quién es el más
dominante?” – le contesté de inmediato: -”¡Martín! – “¿Ves?- me dijo. –”Sucede
lo mismo que en mi caso. Nosostros somos de un carácter más “pasivo”, por
decirlo de alguna manera. O sea que tenemos un rol más femenino. Por todo lo que
me cuentas, te comportas como una mujer frente a tu problema. Si tú lo amas y
quieres realmente que las cosas mejoren tienes que jugártela. No olvides que
dentro de la intimidad de las parejas todo es válido” – Quedé pensando un largo
rato. –”Quizás tengas razón” – le dije. –”Lo pensaré”. Segumos por un rato
hablando de otras cosas y luego nos despedimos. Las palabras de Víctor me daban
vuelta en la cabeza. –”¿Y si no era del gusto de Martín?” Iba a hacer el
soberano ridículo. Dejé pasar una semana. Mi temor de perder a Martín se hacía
cada vez más fuerte. Decidó seguir el consejo. Aparentemente no tenía nada que
perder y mucho que ganar. Una tarde que salí temprano del trabajo me fui a un
saló de estética gay. No soy muy velludo y mi cuerpo no es muy masculino, así
que eso seguramente ayudaría a mis intenciones. El cumpleaños de Martín era la
próxima semana. Ese sería el día escogido. En la estética me hicieron un
tratamiento depilatorio, mi piel quedó muy suave y tersa, casi tanto con la de
una mujer. Compré varias cremas que me las aplicaba a escondidas de Martín. Me
aseguré que para ese día llegara temprano. Yo había decidido no ir a trabajar a
fin de tener tiempo para disponer todo.

Debía escoger mi atuendo. En una tienda especializada compré
un juego de ropa interior que encontré muy seductor. Una camisetita trasparente
que se ataba sólo con tiritas y que me llegaba a media cintura. Venía con una
tanguita muy breve de encajes y atrás era sólo un hllito. Muy delicado todo. Un
liguero haciendo juego y un par de medias negras de seda con unas sensuales
figuras de seda a los lados. Y por supuesto mi última adquisición, una peluca
platinada con una coqueta chasquilla. Llamé a Víctor para que me ayudara en la
parte del maquillaje. Me dio una lista de cosas para comprar. Por supuesto que
él ya era un experto en este tipo de cosas. También me sugirió uñas postizas, ya
que así era más fácil para volver a ser hombre, no quedaba ningún tipo de
rastros. Martín me había prometido llegar a las seis, así que Víctor o haría a
las tres para poder hacer las cosas con calma.

El día tan esperado llegó. Apenas desperté me levanté y
preparé un desayuno especial que se lo llevé a la cama. Lo saludé y abracé con
un largo beso que Martín correspondió. Le entregué su regalo. Era un adorno muy
hermoso y delicado para su escritorio, pero me aseguré de decirle que su
verdadero regalo lo tendría en la noche. Sonrió, jugueteó un poco conmigo para
que le adelantara la sorpresa pero fue en vano. No me pudo sacar información. Se
duchó, se vistió y se fue al trabajo.

Nos despedimos con un tierno besito. Apenas se fue comencé
con los preparativos. Encargué una torta pequeña y una cena exquisita. Nada
podía faltar. Me aseguré que todas las compras llegaran durante la mañana antes
de convertirme en “Andrea”. Víctor llegó a la hora indicada. Yo estaba solo con
una bata y una zunga pequeñita. Víctor quiso verme de cuerpo entero y, al verme,
aplaudió encantado. –”Te convertiré en una chica de lo más encantadora.”- me
dijo. –”Estás maravillosa”. Esa fue la primera vez que se dirigían a mí en
femenino. Me resulta muy difícil explicar lo que sentí en ese momento. Como una
conmoción, que algo se despertaba dentro de mí. Le mostré mi atuendo. Dijo que
estaba maravilloso, de muy buen gusto. Me aplicó primero una máscara para
exfoliar mi piel, luego una base. Todo con mucho cuidado. Allí me contó que
cuando vio el resultado que había tenido con su pareja, realizó algunos cursos
de cosmetología a fin de ser cada vez más excitante y mantenerlo con el interés
vivo. Me alegré sinceramente de tener a Víctor como amigo ¿o amiga?. Estuvo casi
las tres horas con mi sesión de maquillaje. No me permitía verme al espejo hasta
que terminara. A juzgar por sus comentarios las cosas parecían que marchaban
bien.

En un momento me hizo un comentario que me dejó pensando en
todo el horizonte que se me ofrecía ante mi vista. –”Tal vez podamos salir algún
día juntas vestidas de chicas.” Una vez que terminó me dijo: -”Bueno, mi amor,
si con esto Martín no se despierta, es que ya no tiene remedio.” Me pidió que me
colocara la ropa, me dio algunos consejos y me llevó ante el espejo con los ojos
cerrados. Cuando me pidió que los abriera, casi me desmayo. Esa chica hermosa y
sensual que reflejaba el espejo no podía ser yo. Definitivamente no. Me emocioné
casi hasta el borde de las lágrimas. Fue entonces que Víctor me dijo: -”Andrea,
no te atrevas a arruinar todo mi trabajo”. Me quedé arrobado, perdón arrobada
mirándome en el espejo. Dándome vueltas e inventando mil poses. No podía ser
mejor el resultado. Era algo asombroso. Le agradecí con todo mi corazón. Ya casi
eran las seis así que Víctor cogió sus cosas y se marchó. Ya estaba sola,
esperando a mi hombre. El caminar y sentir el roce y suavidad de la ropa
femenina me provocaba una sensualidad infinita. Sentir los tirantes de mi tanga
metidos entre mis glúteos, mis piernas rozándose con las medias, ¡Un verdadero
delirio! Nunca imaginé que fuera tan exquisito. Miré la hora, Martín llegaría en
cualquier momento.

Cuando sentí el ruido de la cerradura, corrí a esconderme al
dormitorio. Dejé una música suave y cadenciosa. Todo a oscuras cosa que cuando
encendiera la luz viera la mesa dispuesta. Sentí que entraba y cerraba la
puerta. ¡Mi corazón palpitaba a mil! ¿Cómo reaccionaría? Miré un poco
entreabriendo la puerta del dormitorio. Encendió la luz y vio la mesa. –”¡Vaya!”
– dijo. –”Así da gusto llegar al hogar”. Comenzó a llamarme. Le dije que por
favor apagara la luz y se sentra para darle su sorpresa. Dijo: -”¿Es que todavía
hay más?” Su vos se notaba muy alegre. –”Así es” – le respondí. –”Sólo espero
que te guste”. –”Mmmmm” – dijo. –”No lo dudo mi amor, no lo dudo”.

Cuando hizo todo lo que le pedí, salí. Era invierno, a esa
hora ya todo estaba totalmente oscuro por tanto no podía verme. Estaba sentado
en la cabecera de la mesa. Me instalé al lado del interruptor en una pose lo más
sensual posible. –”¿Estás listo?” – le pregunté. Cuando me dijo que sí, encendí
la luz. Nunca olvidaré su rostro. ¡Quedó muerto! –”¡Andrés, ¿realmente eres tú?”
– dijo casi sin aliento. –”Hoy no está Andrés” – le contesté. –”¡Soy Andrea!”.
–”Te… te… te vez divina… ¡una verdadera hembra! Yo me acercaba lentamente
hacia él. –”¡Te gusta la sorpresa?” – se puso de pie. –”Jamás me hubiese
imaginado algo así.

De verdad estás preciosa. Pero… por qué lo hiciste…” Lo
miré intensamente a los ojos, que sentía que me brillaban como nunca por la
emoción que sentía en ese momento. –”Lo hice porque te amo más que a nada en la
vida. Lo hice por la felicidad que me has dado durante todo este tiempo, lo hice
porque quiero verte feliz y no quiero perderte nunca.” Él sonrió y me dijo: -”Es
el mejor regalo de cumpleaños que podías hacerme”. Me atrajo hacia él y me dio
un beso profundo en el que llegó a sorberme el alma, un beso como hacía tiempo
no me daba. Mi mano se deslizó hacia su sexo y pude comprobar él éxito de la
receta de mi querido amigo. Intentó seguir en sus avances, pero se lo impedí
sutilmente. En realidad me moría de ganas , pero deseaba demorarlo parq que me
deseara con más ganas aún. –”Todavía no mi amor. Primero debemos festejar. Deja
que te atienda. Seré tu geisha.” –”Parece que eso me gustará muchísimo” – me
respondió. Le quité la chaqueta y lo hice sentar en un sillón. Fui a buscar un
aceite perfumado, le quité los zapatos y le masajée los pies. Pero antes le
preparé un trago. Se notaba que le agradaba y que se estaba relajando. Después
le besé los pies de forma seductora, succionándole suavemente el dedo gordo.
–”Eres increíble, mi amor” – me decía. –”Tenemos que hacer esto más seguido”.
Cuando terminé le coloqué sus pantuflas, lo tomé de la mano y lo llevé a la
mesa. Le serví una copa de champagne y después fui a la cocina para sacar los
platos del microondas. Le serví y cenamos a la luz de las velas. Martín no me
quitaba los ojos de encima y yo le coqueteaba de manera casi descarada. Sentía
que cada minuto que pasaba me posesionaba más de mi rol femenino.

Había algo innato en mí que comenzaba a descubrir. Me
imaginaba vestida de una y otra manera. Algo me decía que cuando anduviera por
el centro comercial las tiendas de ropa femenina iban a acaparar toda mi
atención. Cuando terminamos de cenar, retiré los platos y encendí las velitas de
la torta. Sólo eran tres. Una por el pasado, otra por el presente y otra por el
futuro. Martín las apagó de una sola vez y allí dándole un beso en los labios,
le entregué otro presente. –”Es para ti, mi amor. Sé que te quedará divino”.
Curioso lo abrió. Era una zunga de cuero, color negro, muy fina y sexy,
pequeñísima. La encontró fabulosa. –”Quiero que te la pongas esta noche” – le
dije. Asintió y luego me dijo: -”Bueno, pero creo que no me durará mucho
puesta”. Le serví un trozo de torta con una taza de café. Para terminar un poco
de cognac, de una manera muy especial. Se lo di de mi boca. Le agradó mucho la
forma, así que se lo bebió toda de esa forma mientras acariciaba golosamente mis
muslos. No tengo que decirles lo feliz que me sentía. Al parecer había
recuperado a mi hombre.

Cualquier cosa que hiciera, si servía para lograrlo, lo daba
por bien hecho. Luego que reposamos un poco, besándonos y acariciándonos, le
dije que lo esperaba en la cama. Pero que antes debía colocarse la tanga de
cuero. Se fue para el baño y yo al dormitorio. Allí me recosté de forma
insinuante. A los pocos momentos apareció él. -–”¡Wauuuuuuuuuuuuu!” – grité.
–”¡Te ves irresistible, mi amor!” –Se trepó a a la cama, mejor dicho sobre mí.
Lo desconocía con tanta impetuosidad. No me dejaba ni respirar. Me besaba por
todas partes. –”¡Estás exquisita! ¡Estás exquisita! – me decía sin cesar. Yo
entre mis suspiros y jadeos sólo atinaba a decirle: -”¡Tómame, mi amor! ¡Tómame!
Quiero que me goces como nunca”. –Mi mano se dirigió a su sexo y se lo saqué por
arriba de su tanga. Lo besé desenfrenadamente. No me permitió hacerlo por mucho
tiempo. Violentamente me dio vuelta dejándome boca abajo, hizo a un lado mi
tanga y me lo metió de una sola vez. El grito fue desgarrador, pero igual me
hizo sentir que me llevaba al cielo. Lo más importante era la fuerza y pasión
con que me deseaba.

Comenzó a darme con una furia desconocida. Pude sentir su
chorro caliente en mi interior y también me vine. Nos abrazamos tiernamente, era
bonito el amor después del amor. Me tenía abrazada como si fuera una nena y eso
me gustaba. Me hacía cariño. –”Estuviste delicisa” – me dijo. –”Me encantas
así”. Acariciando sus manos le dije: -”Entonces, siempre estaré así para ti. Y
así fue desapareciendo paulatinamente para ir dando paso a Andrea. El mismo
Martín se preocupaba de comprarme ropa femenina o me sugería fantasía que yo muy
obediente se las convertía en realidad. Pasado un poco más de tiempo me hizo la
propuesta para que asumiera definitivamente mi rol femenino. Me convirtiera en
mujer. Que me hiciera un implante. Me costó bastante decidirme ya que era algo
bastante más radical. Pero consciente que eso lo haría más feliz, acepté.
Renuncié a mi trabajo. Me puse en manos de un especialista y ya se puede decir
ue soy toda una nena. Eso sí, no quiso que me extirpara el miembro. –”Me gusta
demasiado” – me dijo. Secretamente se lo agradecí mucho. Ahora todo marcha mucho
mejor de lo que podía esperar y estoy convertida en su señora. Vivo sólo para él
y eso nos hace inmensamente felices.

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