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Mimada

Todo empezó desde mucho antes de que yo siquiera adquiriera conciencia. Tanto mi madre como mi abuela habían tenido muy mala suerte con los hombres, y ciertamente llegaron a tener en muy mal concepto a todo el género masculino por culpa de sus respectivas parejas, hermanos y padres, que cuando a mamá le informó el médico que yo sería niño se sintió muy decepcionada. Luego de que mi padre desapareciera sin mayor pena ni gloria de su vida, había regresado a vivir con mi abuela, y cabe decir que ésta se sintió tan desanimada con aquello de que yo fuera niño como mi madre, mas se resignaron y sencillamente decidieron hacer lo posible para que no acabara yo siendo un macho hideputa, como todos los demás hombres que habían conocido en su vida.

Y todo fue muy bien y (más o menos) de acuerdo a lo planeado en los primeros tiempos, muchas cosas qué hacer, los problemas ordinarios de todos los días y demás, hasta que un día, tendría yo unos cinco o seis años, sucedió que me quedé sin nada de ropa limpia, pues con el trabajo extra que habían tenido mamá y mi abuela no pudieron lavar nada en la semana, y hasta la que llevaba puesta en ese momento (de la escuela) estaba que apestaba. Así que, viéndome mamá en semejante situación, me quitó toda aquella ropa tan sucia para lavarla, mas al notar que no tenía otra cosa que ponerme, pensó en taparme con una cobija y tenerme así hasta que la otra se secara; sin embargo, mi abuela le dijo que podría agarrar frío y enfermarme, por lo que, entre bromas y veras, le “sugirió” que mejor me pusieran una vestidito rosa que tenía ahí a la mano y no había podido vender. Ella estaba ya jubilada pero vendía diversos productos por catálogo, entre estos lencería y ropa para bebé y niña, por lo que en casa siempre había algunas de estas prendas.

“Al fin que nada más es un rato”, siguió diciendo, y mamá, demasiado ocupada para entretenerse, no puso tampoco mayores reparos. Y es que, en realidad, no era ésa la primera vez que, por alguna u otra razón, había yo usado alguna prenda de niña. Una que otra vez me habían llegado a poner unas bragas, o unas calcetitas y hasta una que otra blusa a falta de mejor cosa. No obstante, ésa fue la primera vez que usé todo un vestido.

Así pues, en lo que mamá se fue a hacer la colada (no teníamos lavadora) mi abuela me puso aquel vestidito, y no sólo eso, pues tampoco era cosa de quedarme sin ropa interior, y escogió también unas braguitas y corpiño. Para cuando mamá regresó de lavar y me vio así sencillamente se sonrió, y mi abuela todavía dijo: “¿Verdad que se ve linda?” Aunque a esto ya mamá no respondió con la misma cara de alegría, sino que adquiriendo de pronto cierta preocupación su semblante, le contestó muy seria: “Sí… la verdad que se ve linda… demasiado…”

Y bien pudo acabar todo ahí sin mayores consecuencias, sin embargo, de la misma forma en que mi abuela compraba la ropa para ella y mamá a través de sus distribuidores (con descuento) se le fue haciendo costumbre comprarme también a mí ropa interior de niña, incluyendo un lindo piyama de florecitas que usé un par de años. Mamá a veces refunfuñaba un poco y le decía a mi abuela que me iba a acostumbrar a usar esa ropa, mas mi abuela la convencía con el sempiterno argumento del dinero, pues en verdad nos ahorrábamos capital, y mamá ya no decía nada.

Ahora, aunque yo me daba muy vaga idea de que aquello no era precisamente lo usual, sí que me gustaba aquella ropa, y hacía lo posible por usar ésa en lugar de mi habitual ropa de niño, y hasta le pedía a mi abuela que me comprara ésta o aquella cosita al revisar sus catálogos.

De modo que, con el transcurrir de los años, aquello se fue volviendo tan habitual que no nos causaba ya ninguna extrañeza el que entre mi ropa de siempre hubiera bragas, blusitas, corpiños, y era solamente de vez en cuando, al arreglar mamá mi ropero, en que se quedaba entonces un buen rato pensativa y ensimismada, y después, por algunos días, le daba la manía de no lavarme esa ropa para que yo me pusiera sólo la de niño. Mas como no me gustaba, yo llegaba hasta a esconder o de plano tirar a escondidas esa ropa, y me ponía por días y días la otra, aunque estuviera sucia, hasta que mamá se rendía y no hacía más.

Una tarde en que como de costumbre estaba yo con la abuela revisando sus catálogos y preparando los pedidos para aquella semana, me quedé viendo una linda faldita plisada, blanca, parte de un uniforme de escuela que le habían encargado a mi abuela y que ya no le habían comprado por quedarle muy ajustado a la niña del pedido.

A pesar de la mucha tolerancia de mi madre y abuela, ya para entonces me habían dicho muchas veces que hiciera lo posible porque nadie más me viera aquella ropa y era cada vez más común que mamá me dijera que, “quizá”, debería empezar a usar más ropa de hombre, pues estaba creciendo y ya no estaba para esos “jueguitos”. Así que tomaba ciertas precauciones, aunque, conociendo muy bien el dulce carácter de mi abuela, como que no dándole mucha importancia, tomé la faldita de la mesa y le dije que estaba muy bonita, a lo que ella respondió: “Sí, sí, me la están encargando mucho”, sin levantar la vista de sus cuentas. Animándome un poco más y sin soltar la falda, aventuré luego a decir: “Es como de mi talla, ¿no?” Y esta vez mi abuela sí se volvió a mirarme. “No creo, es muy chica”, me respondió ella escueta. Por la mirada como de tristeza o conmiseración que puso entonces yo me turbé un poco, mas tenía tantas ganas de ponérmela que, algunos segundos transcurridos, todavía me atreví a decirle: “Yo digo que sí…”, hice como que la revisaba minuciosamente por un lado y otro, y luego: “¿me la puedo probar?” Dejando ya de plano la pluma en la mesa, la abuela me miró a los ojos y me dijo: “¿Para qué?” “No sé… para ver si me queda”, le contesté sin desanimarme. Como muchos años más tarde me contara mi abuela misma, la cara de inocente ansiedad que puse entonces y lo mucho que me quería fue lo que la decidió a decir, finalmente: “Bueno, pero luego te la quitas, no se vaya a enojar tu mamá.” Y tras sonreírle y agradecerle salí corriendo a cambiarme al baño.

Así que me la puse, y me encantó, y tanta emoción tenía que salí a que mi abuela me viera. “¿Ves?, te dije que era de mi talla.” Ella asintió con una mezcla de tristeza y resignación, y me pidió luego que por favor ya me la quitara. “¿Pero verdad que me queda muy bien?”, insistí yo tratando de evadir su pedido. “Sí, se te ve muy bien… pero… hijito, es que tú no…” mas al ver la cara de desesperación que puse entonces no terminó lo que iba a decir. “Ya mero llega tu mamá, amor, mejor quítatela.” “Pero apenas son las tres abue… ¿me la puedo dejar otro ratito?” Y eso fue todo. Debió ser en ese instante en que mi pobre abuela claudicó. Suspiró muy profundo, me miró resignada y dijo: “Bueno, está bien, pero no me la vayas a manchar porque todavía podría venderla.” “No abue.” Y con ella puesta acabamos de revisar los pedidos.

Pero no la vendió.

Y ni ella misma supo a ciencia cierta porqué no lo hizo, pues tuvo más de una oportunidad de hacerlo, más, sin explícitamente regalármela, prefirió dejármela a la mano, por lo que, de cuando en cuando, y cada vez con más frecuencia, al volver de la escuela, luego de comer le pedía permiso para usarla “un ratito”, y ella me dejaba hacer.

Unos cuantos días después, al estar arreglando mis cajones de ropa, mamá descubrió la falda, aunque en vez de llamarme a mí fue a informar a mi abuela de lo que había hallado. “Sí… ya lo sabía…” le informó ella, “de vez en cuando la usa… pero nada más un ratito y aquí en la casa.” “¡Ay mamá!, ¿tú se la diste?” “No, no… o bueno… ¡Ay hija!, ¿pero qué quieres que yo haga?, si no lo dejara igual lo haría a escondidas…” Dicho esto ambas intercambiaron una mirada de mutua comprensión, mamá suspiró como días antes lo hiciera mi abuela, y al mirar de nueva cuenta la falda ya sólo dijo: “Pero mira lo sucia que está, hay que lavarla”, y se la llevó.

Aquella dichosa falda se convirtió en mi prenda y posesión más valiosa del mundo, y apenas y podía resistir las ganas de volver a casa y ponérmela de nuevo. Pero yo seguía creciendo, y al usarla prácticamente todos los días llegó un momento en que la pobre acabó por desgastarse.

Y fue un día por aquellas mismas fechas, en que, por la misma costumbre que se me había hecho, olvidé quitármela antes de que mamá llegara de trabajar (como mi abuela me había pedido), y estando ambas mirando la tele sin conciencia de la hora, de pronto escuchamos abrirse la puerta a nuestras espaldas. Ni yo ni mi abuela supimos qué hacer entonces, aparte de quedarnos sin movernos en el sillón, pero cuando mamá se acercó a donde estábamos y finalmente me vio, se limitó tan sólo a dejar su bolso sobre la mesa, y decir: “Me muero de hambre, ¿qué prepararon de comer?”

Así las cosas, para cuando la falda de plano ya no pudo más, mi abuela pidió otra (y esta vez precisamente para mí), y con el paso de los meses y luego un par de años me compró otras más, además de blusitas ya más de chica que de niña, braguitas y tras cosas, aunque con la condición (inviolable, y en acuerdo también con mamá) de que no debía usarlas más que en casa y en ningún otro lado. Los fines de semana, cuando de repente llegaba alguna visita mamá me ordenaba de inmediato que fuera a cambiarme, y yo la obedecía sin chistar, pues con tan sólo esas sencillas reglas podía estar ya prácticamente el resto del día con aquellas lindas prendas sin ningún problema.

Cuando salí de secundaria no obstante, a mis quince años, esa ropa ya no me satisfacía, y es que me moría de envidia de la linda ropita que usaban mis compañeras en la escuela (todo el tiempo y en todas partes): jeans ajustados, minifaldas de mezclilla, blusas sin mangas, los zapatos, los adornos del cabello, el maquillaje y, sobre todo, el brasier. Hasta entonces no había yo usado más que corpiños y blusitas de niña, y me dolía tanto y me decepcionaba que yo, a diferencia de aquellas compañeras mías, no desarrollara senos, que pasaba días y días triste y hasta llorando de puro coraje por la noche.

Por estas razones estuve muy apachurrada días y días, y ni tan siquiera el que, intentando animarme, mi abuela me regalara un juego de ropa interior, me pudo animar gran cosa. Y fue así que, estando en éstas, sucedió que mamá, como de costumbre, me pidió que las acompañara a comprar al súper. No tenía yo ninguna gana de ir ni tampoco ninguna gana de cambiarme, y le dije que tenía mucha flojera. Ella sin embargo insistió, y a continuación dijo algo que por un momento me costó trabajo creer que en verdad hubiera dicho: “Ándale párate, si quieres vente así como andas.” Llevaba puesta una de aquellas minifaldas plisadas que tanto me gustaban, una blusa cerrada y de mangas largas, además de los zapatitos respectivos. Mi abuela se sorprendió no menos que yo, pero al ver que mamá hablaba en serio, y con toda la naturalidad del mundo, me pidió también que las acompañara.

Iba yo con muchos nervios claro, pero al mismo tiempo una enorme alegría de repente hizo desaparecer mi estado anterior, y además, la compañía de mamá y mi abuela hacía que el temor fuera cada vez menos. Así que compramos todo lo que debíamos comprar, y cuando ya íbamos de camino a las cajas, nos detuvimos un rato a mirar la ropa. Luego de un rato mirando esto y aquello, mamá tomó unos jeans ajustados con bordados en las piernas, muy lindos, y me preguntó: “Mira, ¿no te gusta?”, a lo que yo respondí con un: “Sí, sí, está muy bonito.” “A ver pruébatelo”, dijo, y me los tendió. Yo, muy contenta claro, me fui a los probadores, y aunque de pronto me entró un miedo increíble al llegar y ver a la dependienta que ahí atendía, ella misma me preguntó: “¿Va a probárselo señorita?”, y yo, sin decir una palabra, sólo asentí con la cabeza.

Al volver con mi mamá y mi abuela, ambas estuvieron de acuerdo en que me quedaba muy bonito, pero, dubitativa, mamá dijo que algo no quedaba bien. Así que esculcó entre los sostenes que estaban ahí a un lado, tomó uno copa 36A, y le preguntó a mi abuela: “¿Cómo ves? ¿Le quedará bien éste?” Y ante mi cada vez más asombrada mirada, la otra le contestó: “Sí, aunque mejor uno de tirantes fijos, ése es más bien para usar sin hombros.” Por lo que buscó otro más adecuado y me lo extendió. “A ver pruébate éste”, me dijo. Yo lo tomé como en automático pero no hice más ni pude decir nada, aunque entonces mi abuela intervino: “Pero no te dejan probarte ropa íntima, mejor podemos ver en mi catálogo.” “Pero hay que ver primero qué talla debe usar. Póntelo así nada más por encimita”, me indicó mamá, y viendo que yo no me movía me ayudó. Me lo puso y abrochó por detrás, sobre la blusa, y después de comprobar que aquél era el adecuado, igual me ayudó a quitármelo y lo echó al carrito. A continuación, y otra vez vuelta hacia mí, todavía dijo: “Ahorita llegando a la casa revisas con tu abuela el catálogo, por lo menos hay que comprarte otros cuatro o cinco; ya a tu edad no puedes andar sin brasier.”

La preparatoria, ante mi muy particular situación, fue un auténtico tormento; y tan difícil y estresante se volvió de hecho, que me fue imposible continuar más allá del tercer semestre. Ya no podía seguir viviendo como hombre, ni siquiera a medio tiempo como mi mamá y mi abuela me pidieran para al menos acabar de estudiar, y además había otra cosa que no podía ya dejarme tranquila. Así que le dije a mamá que quería tomar hormonas, y como éstas supondrían un costo considerable, lo más seguro era que tendría que trabajar, cosa con la que yo no tenía ningún problema, mas ellas se opusieron. No obstante, y como siempre había ocurrido, tuvieron que claudicar ante mi insistencia, pero con la condición de que entrara al menos en sistema de preparatoria abierta, para no dejar el estudio así a medias. Mi abuela logró conseguirme, entre una de sus muchas clientas, un trabajo de cocina en un restaurante, y ahí entré sin mayor problema ya en calidad de chica. Era un trabajo muy duro, mas la recompensa obtenida lo equilibraba todo, y es que, luego de consultar con un médico, finalmente había empezado a tomar hormonas y poco a poco los resultados se fueron notando más y más.

Al principio muy poquito (de hecho por un par de meses pareció que no ocurría nada), pero una vez aparecidos los primeros cambios todo comenzó a acelerarse y me fui sintiendo más animada. Transcurridos poco más de tres meses, mis aureolas adquirieron auténticas características femeninas, se hicieron más amplias, sensibles, y el pequeño pezón brotó como flor en primavera. Y así, al tiempo que llegaba media muerta por la faena del día y estudiaba todavía un rato, iba cambiando cada día más. Medio año después ya no sólo fueron los pezones sino que comenzaron a brotarme unos auténticos aunque pequeños senos, que fueron llenando por sí mismos (y sin necesidad de “relleno”) mis sostenes. Unos ocho meses transcurridos era por demás notorio el cambio general, en cara, piel, pelo y hasta contorno, que pocas veces llegaba a quejarme de lo duros que solían ser los días.

Año y medio después conseguí aprobar el examen de paso de semestre, pero más importante aún, muy orgullosa le dije a mi abuela que necesitaba sostenes nuevos, pues aquellos copa A ya me apretaban mucho.

Pero, a pesar de todo esto, una nueva inquietud me turbaba, y es que, como era completamente de esperarse, los cambios de mi cuerpo iban a la par que mi desarrollo y deseos sexuales. Sobre todo desde que había empezado con los estrógenos, me sentía cada vez más atraída por los chicos, y me imaginaba y soñaba y deseaba poder estar con uno y besarlo y… bueno, también lo demás, aunque me daba un miedo tremendo el solo acercarme a uno, y no me quedaba más que desear, imaginar y desfogarme solita.

Al principio hacía como supongo hacen todos los chicos, sencillamente manipulando aquella cosa entre mis piernas, pero pronto aquello fue insuficiente. Comencé también a introducirme un dedo por detrás, y tanto me gustó aquello que al poco tiempo necesité de un poco más, llegando entonces a introducirme zanahorias, o a veces plátanos, chorizos, imaginando siempre que aquellos consoladores eran el miembro duro y grueso de un macho que me hacía su mujer.

Deseaba también, en ocasiones, el operarme definitivamente y tener una vagina, aunque la verdad aquel deseo no era tan fuerte como ahora sé que lo es en otras chicas trans, y tampoco me urgía tanto. Lo que sí me urgía, y mucho, era que al menos algún buen mozo me hiciera el favorcito de entrarme por atrás, que estrenara mi todavía virgen vagina anal, que me cogiera. Sin embargo, para pesar mío aquello todavía iba a tardar mucho, y ni tiempo tenía de todas formas para andar buscando con quién.

Habiendo empezado tan pronto mi hormonación, poco después de cumplidos los dos años, tenía ya unos lindos y paraditos pechos, copa B, además de que mis caderas y nalgas habían adquirido también proporciones de hembra. Fue por esta época en que, sólo para sondear su opinión, aventuré a decir en la mesa que quizá me gustaría operarme los pechos. “¿Y para qué?”, me preguntó en alta voz mi mamá. “Pues… es que… yo las veo muy chiquitas…”, contesté. “¡Ay hijo, pero si así estás muy bien, y además todavía te podrían crecer un poco más”, intervino a su vez mi abuela. “Pues sí, pero…. bueno… yo nada más decía.” “Pues no digas, además, esas cosas luego dan cáncer”, sentenció mamá. “¡Ay má!, no dan cáncer.” “Como sea, no te hacen falta, tienes senos muy lindos.” Y ahí acabó todo por el momento.

No obstante, tenía yo cierta fijación con mis bubis, y aunque ni mi mamá ni mi abuela tenían pechos muy abundantes y luego de casi tres años prácticamente les igualé la copa, aún tenía el gusanito royéndome los sesos. Y así, sin hacer mucho caso de ellas, me hice el firme propósito de comenzar a ahorrar para pagarme la operación.

Poco antes de cumplir los veinte, ya con casi cinco años bajo tratamiento hormonal, era tan mujer como cualquiera otra, o casi, pero aquel gran, desesperante deseo mío de ser penetrada todavía no se me cumplía.

Y lo único que se me ocurrió, pues, ante el miedo que me daba el intentar acercarme a un chico, fue entrar a Internet, y luego de una no muy exhaustiva búsqueda, hacer una cita con alguno que me pareció un poco más decente que todos los demás libidinosos que encontré en las salas de chat.

Me dijo que era ya mayor, divorciado, y a falta de mejor (o más discreto) lugar, me citó en su casa. Por supuesto que me dio miedo, mas las enormes ganas de hombre que tenía entonces no me dejaban lugar a otra cosa. La casa era pequeña, algo alejada de la mía, aunque bien arregladita, y tal y como habíamos quedado le llamé por teléfono cuando ya estuve cerca, por lo que apenas llegar ante su puerta me abrió y me invitó a entrar.

Debo decir que me decepcionó un poco, pues ciertamente era “mayor”, de unos cuarenta y cinco años, grueso y apenas más alto que yo; a su favor tenía el ser bien parecido y también muy amable, y aquella cortés actitud suya me tranquilizó un poco luego de que entré a la casa. Intentamos torpemente iniciar alguna conversación, mas era evidente que él estaba apenas poco menos nervioso que yo, aunque sus atenciones y su interés en hacerme sentir cómoda acabaron por calmarme.

No paraba de decirme que me veía muy linda, que no se habría imaginado nunca conocer a una tranny tan bonita como yo y esto y aquello, y así, sin apenas darme cuenta, de pronto lo tuve encima de mí, y lo único que atiné a hacer yo entonces fue intentar seguirle la corriente. Es decir, si bien habría sido para mí ideal tener una primera vez romántica, con un príncipe azul (y más joven), cena con velas y todas esas cosas, tampoco estaba para ponerme muy exigente y, como ya lo he repetido un par de veces, ¡de verdad me moría por que me cogieran!

Sin muchos preámbulos y algo torpe, él me fue desvistiendo sin dejar de manosearme, y yo en mi inexperiencia hacía lo que podía, besándolo y tocándolo también, sin atreverme a más o saber qué más hacer, hasta que él mismo, tomando mi mano la llevó hacia su entrepierna, y fue que por primera vez la sentí en toda su magnífica dureza. Ahí estaba, eso era, el anhelado falo con el que tantas y tantas noches había yo soñado finalmente a mi alcance. Se lo acaricié por encima del pantalón mientras él se quedaba asombrado ante mis pechos desnudos, y mientras yo intentaba darle una leve pajeada el arremetió contra mis bubis y me hizo gemir de placer.

Buen rato se entretuvo mamando como niño de pecho, y poco faltó para que con sólo eso yo me viniera. Me encantó aquello. Minutos después, y ya bien erecto, se me acercó al oído y me dijo jadeando: “Quiero cogerte.” Y sin decirle otra cosa yo seguí besándolo y acariciando su trasero. Él entonces, haciéndome voltear de lado, me bajó las bragas hasta medio muslo, acarició mis cachetes posteriores con ambas manos, y sentí cómo recargó aquel palo grueso en mi colita. Recobrando por un momento cierta lucidez, le pregunté si no tenía un condón. “¿Quieres que me ponga uno?”, preguntó, como refunfuñando, pero yo le contesté que sí. Así que se detuvo, del mismo bolsillo del pantalón que estaba en el suelo sacó uno y con bastante habilidad se lo colocó. “¿Lista?”, me preguntó entonces. “Sí, lista”, le respondí, nerviosa y alegre, y me preparé a recibir mi primera embestida.

Luego de untarme un poco de lubricante, continuó con aquello que dejó interrumpido, puso justo fuera de mi orto su verga, ¡y empujó!

Sentí mucho dolor, mas él tuvo la delicadeza de detenerse, retirarse un momento, acariciarme las nalgas y besarme mientras el cuello, en lo que mi esfínter se recuperaba de ese primer contacto. Momentos después lo intentó de nuevo, y aunque me dolió no menos que la primera vez, ahora él no retiró por entero su monstruo, sino que dejó la puntita aún en contacto con mi orificio. “¿Te duele mucho bonita?”, me preguntó, y como yo afirmara con la cabeza, respondió: “Ahorita se te pasa, así es siempre al principio.” Y lo intentó de nuevo.

Siguió doliéndome, claro, pero muy a pesar de todo, poco a poco la gruesa cabeza se fue abriendo paso, insistente, en la humedad de mi recto. Entraba y entraba, y me dolía y me dolía, gemía, y él no se detenía. Finalmente, pude sentir como si todo el interior de mi cuerpo estuviera a punto de reventar, pero antes de que pudiera sentir ninguna otra cosa, él se retiró un poco, sólo para enterrármela un poco más a continuación, y luego retirarse levemente para penetrarme todavía más y más hondo, y cuando finalmente el dolor comenzó a disminuir, ya estábamos cogiendo plenamente, su verga se me ensartaba rítmica y dura por detrás, mi ano se dilataba, lo recibía con cada vez más placer y alegría, hasta que la totalidad del tronco entró en mi interior y la cogida no fue ya en nada dolor sino delicia pura.

Luego de varios minutos de ser así cogida, me pidió que levantara más mi pierna, y aunque ya no lo creyera yo posible, apenas hacerlo me entró todavía más profundo; sentía el chocar de sus huevos contra mis nalgas, el rozar de sus vellos púbicos, su cadera dura, y gemía y gemía sin poder creer que finalmente aquello me estuviera ocurriendo. Le ofrecía mis nalguitas con sumo placer, me sentía morir de gozo cada vez que me ensartaba, y me cogía y me cogía y me cogía…

Poco después me pidió que me pusiera en cuatro patas, y lo más increíble sucedió: Se recargó atrás de mí y me la ensartó de nuevo. ¡Mmmmm! Fue aun más delicioso, con sus gruesas manos me tomó firme de las caderas y se dejaba venir contra mí sin piedad, su deliciosa verga colmaba las paredes de mi vagina anal, me encantaba, sólo quería más y más, que no dejara de cogerme nunca, y se lo dije, que me diera más y más duro, hasta dentro, y mis nalgas redondas chocaban contra su cuerpo anguloso y recio.

Cogimos mucho rato, tanto que yo en verdad me cansé, aunque al ver que él no se detenía intenté llevarle el ritmo y no quejarme. Cuando al fin el comenzó a gemir y estremecerse, dándome unas últimas y más fuertes arremetidas, yo ya estaba muy cansada, aunque no por eso satisfecha de verga. No me gustó que me la sacara. Caímos rendidos sobre el sillón de su sala. Y así nos estuvimos recostados algunos momentos. Aún era capaz de sentir el bamboleo dentro de mi cuerpo, y una cierta sensación de vacío se apoderó de mi colita. Fue como sentir que jamás volvería a sentirse lleno.

Platicamos un rato sobre algunas cosas, más al final tuve que decirle que ya era hora de irme y quedamos en vernos otro día. Aunque eso no ocurrió nunca.

Es injusta la forma en que, tanto hombres como mujeres, se ponen a juzgarte en base de tu vida sexual. Es decir, todo el mundo lo hace (y si no lo hace es porque no puede), todo el tiempo, y a los hombres hasta se les celebra sus muchos contactos sexuales, y entre más mujeres mejor, mientras que a nosotras, por hacer exactamente lo mismo, ya nos andan tildando de putas y de hecho ya no podemos ser absolutamente nada más que putas.

No es que me volviera “adicta al sexo”, ninfómana ni nada por el estilo, pero sí comenzó a gustarme mucho aquello. Luego de mi primer contacto hubo otros más, con chicos ya más a mí gusto, y si aquellos encuentros no pasaban a más era porque ellos o eran casados o no buscaban más que un poco de esparcimiento, y no porque yo no quisiera otra cosa. A mí me hubiera gustado tener una relación estable, un novio y nada más, pero las cosas no eran así

Y aquí deberé terminar el relato, las historias de mis relaciones con otros chicos quizá las escriba en otra ocasión, aunque tampoco es que haya sucedido mucho. Desde lo último que relaté, mi pérdida de virginidad, han pasado apenas unos siete meses; logré luego aprobar los exámenes finales de preparatoria, ya casi tengo el dinero para mi operación de senos, estoy aún con mi mamá y abuela, y aunque ellas siguen preocupándose mucho por mí también se han dado cuenta de que ya estoy grandecita, por lo que mamá no hace más que recomendarme que me cuide, que siempre les exija (aunque se enojen) que usen preservativo, y que procure no llegar muy tarde a casa. No creo que quiera operarme mis partes, por lo menos no ahora, muy satisfecha estoy y me encanta tener sexo anal, y a los chicos con los que salgo también.

Autor: Little Greenfly

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